Cartas a los Miembros

Enero 09 , 2020

Queridos hermanos:

Me siento extraño al escribir “2020” en la fecha de esta carta. Sí, se ha ido otro año calendario y sí, aunque es difícil de creer, estamos en el año 2020 del calendario romano. Y como organización y por razones financieras, la Iglesia utiliza el año del calendario romano como nuestro año fiscal, lo cual significa que ahora hemos comenzado un nuevo año fiscal, el número 10 de la Iglesia de Dios, una Asociación Mundial. Es todo un hito, y ahora tenemos nueve años completos.

¿Qué nos traerá el próximo año? Pienso que nadie puede predecir de manera precisa lo que va a pasar. Sabemos que Jesucristo es la Cabeza de la Iglesia, y Él continuará “edificando” su Iglesia hasta que Él regrese a la Tierra.

Es la situación actual del mundo lo que debería preocuparnos, no hasta el punto de la desesperación, ya que sabemos lo que finalmente pasará, pero con profunda preocupación por las vidas de seres humanos que están siendo destruidas. Con miembros dispersos alrededor de todo el mundo, siempre existe la posibilidad de que alguien en la Iglesia sea directamente afectado por un desastre natural o un ataque terrorista.

Estoy seguro que todos pensamos mucho acerca de estos sucesos —viendo las noticias y sacudiendo nuestras cabezas. ¿Qué ha llegado el mundo a ser? Todos debemos orar más fervientemente a Dios para que nos proteja del maligno (Mateo 6:13) y que envíe a Jesucristo de regreso a esta Tierra pronto. Entramos al 2020 con esta esperanza en nuestra mente. ¿Qué podemos hacer, o mejor, qué deberíamos hacer en este próximo año?

La semana pasada asistí al fin de semana familiar de invierno en Louisville, Kentucky. Ésta ha sido una actividad de vieja data de la Iglesia a la cual asisten más de 1000 personas anualmente. Este año el fin de semana de invierno fue nuevamente sobresaliente. Los miembros de la congregación de Louisville, bajo la dirección de su pastor Nathan Willoughby y su esposa Amanda, hicieron una gran labor para hacer sentir bienvenidos a todos los asistentes y organizar muchas actividades.

El tema de este año fue “El espíritu de unidad”. Esto lo encontramos en Efesios 4:1-4. Notemos como muchos “un” se encuentran aquí —un cuerpo, un Espíritu, un llamamiento, un bautismo, un Señor, un Dios. Todo estos son fáciles de entender. Cuando nos dicen que hay un llamamiento, entendemos esto. Cuando nos hablan de un bautismo, lo entendemos también. Pero, ¿cómo podemos entender un cuerpo, a la luz del momento actual en que nos encontramos de la historia de la Iglesia? ¿Cómo podríamos definir la unidad cuando hablamos de la Iglesia? ¿Cómo podríamos definir “un cuerpo”?

Si bien para algunos esto es una pregunta intrigante, la verdadera respuesta es que Dios sabe quiénes son suyos (2 Timoteo 2:19), y si nosotros decidimos seguir el camino de tratar de identificar a todo el que sea miembro de un solo cuerpo —el cuerpo de Cristo— sólo llevará a un juicio innecesario y sentimientos negativos. Todos somos responsables de saber que somos parte de un cuerpo en vez de tratar a identificar a otros. Por supuesto, no estoy hablando de aquellos que son parte de lo que el mundo llama cristiandad. No me estoy refiriendo a aquellos que rechazan la verdad. Pero Dios sabe quiénes son en realidad parte de ese “un cuerpo”, así sea que nosotros lo seamos o no.

En esos pocos días en Louisville, tuvimos varios seminarios explorando el concepto de la unidad en la Iglesia hoy. Durante el estudio bíblico el viernes por la noche, Mark Winner, pastor de las congregaciones en Atlanta, Jefferson y Macon, Georgia, expandió un poco los adjetivos utilizados en Efesios 4:2-3 —“con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. Él explicó que estas cualidades son esenciales si queremos tener verdadera unidad en nuestras congregaciones.

La unidad es difícil de definir. Les he preguntado a varias personas por su definición de unidad y a todos le fue difícil darme una definición clara. Una persona me dijo: “Unidad es cuando todos estamos unidos”. Otra persona afirmó: “Realmente no puedo definir la unidad, pero yo sé cuando la veo”. Para mí, la unidad en la Iglesia debe ser medida en una escala que oscila, entre dos extremos, uno en cada punta. El ideal para todos nosotros —la perfecta unidad— está personificada en la relación entre Dios el Padre y Jesucristo. Leemos acerca de esta clase de unidad, en Juan 17, que registra la oración final que Cristo dijo en la noche antes de morir.

Veamos especialmente los versículos 20-23: “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mi por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre en mí, y yo en ti, que también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad…”.

Nuestra meta es ser uno como el Padre y Cristo lo son. Creo que todos estamos de acuerdo en que nos quedamos cortos ante tal grado de unidad. Cuando la Iglesia del Nuevo Testamento comenzó, los miembros tenían un nivel de unidad muy alto. Uno de mis versículos favoritos de la Biblia se encuentra en Hechos 4:32: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común”. Éste no es el mismo cuadro que vemos en las epístolas de Juan. Ya a finales del primer siglo había serios problemas incluyendo la enseñanza de herejías. El cuadro de un corazón y un alma no parece describir adecuadamente la Iglesia de finales del primer siglo.

En mi sermón del sábado mencioné que nuestra meta es siempre promover la clase de unidad que tienen Dios el Padre y Jesucristo. Estamos en un punto de la escala, pero debemos esforzarnos por acercarnos más a esta descripción —y más lejos de la división que caracteriza el mundo en el que vivimos, que es el extremo opuesto. En Mateo 6 Cristo nos dio el modelo de oración como un bosquejo para utilizar en nuestras propias oraciones. Algo que nos dicen que debemos pedir es que seamos librados “del mal”. Este mal, por supuesto es Satanás. Él crea el caos y la división cada vez que puede. Las buenas noticias es que no tenemos que involucrarnos en aquellas cosas que causan división, sino que debemos estar “solícitos” en guardar la unidad del Espíritu. ¡Y esto es y continuará siéndolo, una ardua labor!

Ahora que tenemos por delante un nuevo año fiscal con un nuevo presupuesto y un plan estratégico actualizado, tendremos oportunidades para evaluar la medida en que progresamos. Espero que aprovechemos la oportunidad de hacer lo que está bien. ¿Cómo lo está haciendo? ¿Está usted promoviendo la unidad, la clase de unidad que representa la unidad de Dios el Padre y Jesucristo? No es fácil en nuestro mundo actual, pero con la ayuda de Dios, podemos ser un cuerpo de creyentes que están unificados en sus esfuerzos por predicar el evangelio, obedecer los mandamientos y amarnos los unos a los otros.

Cordialmente, su hermano en Cristo,

Jim Franks

 

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