Cartas a los Miembros

Junio 10, 2021

Queridos hermanos:

Lentamente, está llegando el verano a Texas. Es un poco más tarde de lo normal, pero estoy seguro que irá cobrando más fuerza. Después de más de un año de confinamientos, alteración de actividades, cancelación de eventos, reprogramación de actividades y otra nueva reprogramación, poco a poco sentimos que estamos volviendo a la normalidad en los Estados Unidos. En el fin de semana de mayo 22 a 23 fuimos los anfitriones de más de 40 personas (19 parejas del Programa de Tutoría Enfocada). Nos reunimos en la oficina, lo que nos dio un sentido de normalidad y nos recordó la vida antes de la pandemia. ¡Todos lo valoramos mucho!

Además del entusiasmo de volver a la normalidad y el cambio en el clima, en el mes de mayo también tuvimos algunos aniversarios tristes, recordándonos difíciles momentos del pasado y presagiando épocas más difíciles aun que vendrán en el futuro para nuestro país y el mundo. Aquí en los Estados Unidos se cumplió un año de la muerte de George Floyd en Minneapolis. La condena al oficial de policía que causó la muerte del señor Floyd no borró la frustración y tristeza experimentada hace un año atrás. Y además del aniversario de George Floyd, se celebró el 100 aniversario de la masacre racial de Tulsa, Oklahoma, un suceso que la mayoría jamás ha oído nombrar. Esa historia está llena de violencia hacia un grupo de personas por hechos que ellas no pudieron controlar.

Estos dos aniversarios de la tragedia humana no son los únicos. De hecho, desde el jardín del Edén, la historia de la humanidad está llena de violencia e injusticia. Pero también hay un mensaje muy claro —la violencia no traerá justicia y ciertamente mucho menos cuando la violencia se hace contra un grupo de personas por su raza o nacionalidad.

Entre estos dos aniversarios, en Estados Unidos celebramos el “Día de los caídos”, un día que honra a aquellos que han dado su vida en todas las guerras que se han librado en nuestro país. Las vidas que se perdieron en todas las guerras desde la Guerra de la Revolución (y un par de guerras antes también) suman un numero increíble, casi toda una generación que se perdió. El peor registro de una guerra en cuanto al número de víctimas fue la Segunda Guerra Mundial, que se libró en parte por las injusticias y ofensas nacionales. Es posible que haya sido la última guerra que pareciera tener claro el límite moral —el bien vs. el mal. Toda guerra a partir de entonces ha sido más difícil de definir. Se estima que en la Segunda Guerra Mundial murieron 75 millones de personas, tres por ciento de la población mundial en el 1941. Sería el equivalente a 225.000.000 personas, o dos tercios de la población de Estados Unidos.

No todos los que murieron en la Segunda Guerra Mundial eran soldados. Cerca de 40 millones eran civiles. Personas y familias que estuvieron en el lugar incorrecto en el momento incorrecto y murieron porque quedaron atrapados entre los dos ejércitos que peleaban. Luego, por supuesto, seis millones de judíos y otros fueron muertos sencillamente porque pertenecían a un grupo étnico. Seguramente todas estas personas reclaman justicia también. Cada guerra en el siglo pasado plantó las semillas de otra guerra y luego otra guerra. Pareciera que esto es algo que no va a tener fin.

Los soldados que murieron en estas guerras y son honrados en el “Dia de los caídos” dieron sus vidas por un propósito. No es algo fácil de hacer. La mayoría eran hombres jóvenes, en la primavera de su vida, entre 19 a 25 años de edad. Sus vidas apenas comenzaban. He asistido a muchas reuniones en el “Día de los caídos” en las escuelas donde mis hijas eran estudiantes cuando estaban creciendo. Había tristeza por la pérdida de tantas vidas, pero también un gran aprecio por lo que hicieron por su país. Pablo habló acerca de este fenómeno cuando se refirió a Cristo en Romanos. “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno” (Romanos 5:7). Pablo hace un contraste entre dar su vida por alguien que usted considera digno de morir por él y el hecho de que Cristo dio su vida sabiendo que todos éramos pecadores. La escritura habla con vehemencia de la vida y la muerte y la respuesta real a la injusticia.

En la actualidad vivimos en un mundo que pareciera más interesado en animar la violencia, el odio y la división —formando grupos que estén en contra de los otros— en vez de buscar la paz. Sin lugar a dudas la influencia de Satanás en los asuntos del mundo ha creado una atmósfera caótica. Dios no creó al hombre para que se volviera como se ha vuelto, pero sí nos dio la libertad de decidir. Tristemente, por la influencia de Satanás, el hombre consistentemente ha escogido el camino errado. Si bien se reconoce la injusticia y se desea justicia, el hombre no ha podido encontrar soluciones porque de una forma consistente ha dejado a Dios por fuera del proceso, asumiendo que más violencia podrá poner fin a la violencia. Esto sencillamente nunca va a ocurrir.

¿Qué podemos decir de ustedes y yo? ¿Cuál es nuestra posición? ¿Qué podemos decir de la Iglesia? Todos vemos injusticia en el mundo. Vemos como la violencia es perpetrada contra grupos de personas en virtualmente cada nación del mundo. El racismo y el odio contra otros no respetan las fronteras de las naciones. Sin embargo, sabemos que un problema no resuelve otro problema. Nuestra responsabilidad es practicar el verdadero cristianismo y no simplemente hablar de los principios que Cristo enseñó. Maltratar a otro ser humano es negar el cristianismo esencial.

Debemos tomar literalmente la palabra de Cristo. En lo que se llama el Sermón del Monte, El afirmó: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). Él dijo, “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen (Mateo 5:44). Mas tarde, Él dijo: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:19). Pedro explicó que Dios quiere que todos los hombres se arrepientan y sean salvos (2 Pedro 3:9): Arrepentirse significa cambiar la vida de uno para vivir por el elevado estándar que Jesucristo fijó. ¿Estamos haciendo esto? ¿Podemos realmente reclamar el título de cristianos? No podemos hacerlo si permitimos que nos atrapen el odio, el prejuicio, la división, la inmoralidad y la violencia en que está inmerso el mundo. Y podemos caer muy fácil en esto. ¿Adónde termina este camino si es que lo seguimos? Cristo dio la respuesta: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Usted puede amar a su país, amar a su familia, odiar la injusticia y orar por la justicia sin involucrarse en la política y en los gobiernos de este mundo. Esto es lo que un cristiano debe hacer.

En algún momento Dios el Padre va a enviar a Jesucristo de regreso a esta Tierra como “príncipe de paz” (Isaías 9:6); aquél que finalmente traerá justicia, paz y pondrá fin al conflicto en el mundo. La guerra no será ya la solución a los problemas (Miqueas 4:3). Hasta este momento, la humanidad pareciera estar dedicada a continuar por este camino oscuro del odio y la violencia. Nunca ha sido más claro que nosotros, como cristianos, debemos escoger un camino diferente —uno que va a poner fin a todos los males del mundo en que vivimos, un mundo del que hemos sido escogidos para ser apartados puesto que tenemos nuestra ciudadanía en el Reino de Dios.

Cordialmente, su hermano en Cristo,

Jim Franks

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