Cartas a los Miembros

IGLESIA DE DIOS
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Febrero 25, de 2011

Queridos hermanos,

Yo desearía que todos hubieran podido estar con nosotros este fin de semana pasado en Branson, Missouri, para el fin de semana familiar que se celebra cada año en el “Día del Presidente”. Con todo el hotel disponible para nosotros solos, comemos juntos, vamos a servicios, seminarios y actividades juntos, y básicamente estamos la mayor parte de los tres días y noches renovando antiguas amistades y comenzando unas nuevas—edificando la familia. Si le pregunta a cualquiera de los 325 asistentes, le dirá lo mismo: Este evento llenó las necesidades de compañerismo y camaradería que todos teníamos acentuadas este año debido a las circunstancias que vivimos. El clima parecía de primavera, pero fue tan sólo una bendición física. Lo que fue algo excepcional fue el buen ánimo y actitud que predominaron.

Todos sabemos que nos necesitamos mutuamente. Todo en la Palabra de Dios señala el valor indispensable de la familia, tanto la espiritual como la física. Su plan de salvación se centra en que todos nosotros lleguemos a estar con Él en su familia. En las épocas en que hemos sido heridos u ofendidos por otros, tal vez queramos retraernos un poco de la gente en general.

Después de la prueba de la Iglesia en 1995, algunas personas se alejaron de los hermanos con la premisa de que si usted se acerca demasiado a los demás, corre el riesgo de ser herido otra vez.

No parece que ahora haya muchos con este enfoque, y ojalá sea debido a que hemos aprendido que adoptar esta actitud de retraimiento es muy nocivo y perjudicial. Es difícil amar o ser amado, cuando nos aislamos. Es difícil perdonar y ser perdonado, cuando nos quedamos solos. Es difícil aprender o compartir lo que hemos aprendido, cuando caminamos por un camino solitario. No queremos que Dios se aleje de nosotros cuando lo ofendemos o lo desilusionamos, y Él no quiere que nosotros nos aislemos en momentos de estrés, apartándonos del resto de su familia.

Si hubo un comentario común de los asistentes al fin de semana de Branson, fue el de cuan bueno fue estar juntos. ¿Con cuánta frecuencia Dios nos anima, nos enseña o aun nos corrige la forma de pensar por medio de otra persona? Su Espíritu morando en nosotros no es tan sólo para nuestro beneficio personal, sino que además Él quiere que influenciemos a otros de una forma positiva.

Tener a 325 hermanos juntos como los tuvimos en Branson es algo maravilloso y yo los animo a todos a que participen en eventos especiales como éste, cada vez que puedan. Todos sabemos, sin embargo, que la mayoría del tiempo compartimos en grupos pequeños. Algunos estamos totalmente aislados, demasiado lejos de otra persona o congregación para tener contacto regular.

Si usted conoce algún miembro en estas condiciones, dedique un tiempo a escribirle o a mantenerse en contacto con él. En un mundo que cada vez es más frío, tal como está profetizado en Mateo 24:12, es importante que las personas que están en grupos, recuerden y ayuden a los que están aislados. Pablo escribió a los miembros de Filipo: “No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”. Esto en parte, es el resultado de permitir que “Haya, pues en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:4-5). No sólo ayuda a quien está siendo contactado, sino que también es bueno para aquel que está haciendo el contacto. Estar pendiente de otros, es importante para todos nosotros—la ley y amor de Dios es un cálido aislante de un mundo frío, al que no le importa nadie.

Podemos hacer contacto con los demás en diferentes niveles, y la semana pasada la junta y el equipo de liderazgo determinaron que una forma en que podemos incrementar nuestra comunicación con las personas alrededor del mundo es por medio de una carta a los miembros regularmente programada. Ustedes han estado recibiendo algunos extractos de “Noticias de actualidad para los ministros”, en la cual informamos de las noticias más recientes de la Iglesia, pero esta carta que ahora ustedes están leyendo es la primera de las cartas que vamos a escribir cada 15 días, con énfasis en asuntos espirituales.

En su sermón en Branson, Doug Horchak examinó las Escrituras en busca de principios para la verdadera adoración a Dios. Más tarde, al discutir con otro miembro acerca de algunos puntos establecidos en su sermón, ella hizo una observación muy aguda que yo no había pensado antes: “Si usted no está caminando en humildad y con celo, no podemos caminar con Dios”.

En el primer año de su ministerio, justo antes de la Pascua, los discípulos vieron a Jesús entrar al templo y con una justa indignación expulsar a aquellos que habían hecho “…de la casa de mi Padre casa de mercado”. Ellos recordaron inmediatamente lo que dice el Salmo 69:9, “El celo de tu casa me consume” (Juan 2:13-17).

Tres años después—la misma época del año, el mismo lugar—Él volvió a echar un vistazo. Los burladores del templo no habían aprendido bien la lección. Cualquier lección que hubieran aprendido tres años atrás se había desvanecido considerablemente y la vida había vuelto a la normalidad de sus negocios. La mente de Cristo y su enfoque, sin embargo no habían variado un ápice. No se había desvanecido su celo por la casa de su Padre y nuevamente los expulsó (Marcos 11:15-17). Unos pocos versículos atrás, encontramos una declaración un tanto sorprendente, cuyo significado no debemos pasar por alto, acerca de lo que había hecho antes de esta confrontación. El versículo 11 anota: “Y entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce”.

El templo todavía existe bajo la forma de Iglesia de Dios. ¿Acaso alguien duda de que Jesucristo todavía hace lo mismo hoy, dando regularmente una vuelta para “mirar alrededor todas las cosas en el templo”? ¿Puede alguien dudar de que al mirar alrededor todas las cosas en su Templo todavía siente el mismo celo por la Iglesia para ver si ésta es lo suficientemente celosa de ser santificada, lavada por el lavamiento de su Palabra, de tal forma que Él pueda presentársela a sí mismo como una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, para que pueda ser santa y sin mancha” (Efesios 5:25-27)? Jesucristo vivió cada minuto de su vida motivado y enfocado, con propósito y pasión. Desde el día en que Él resucitó después de dar su vida por nosotros, Él nunca ha dejado de trabajar para cumplir su promesa y propósito de construir su Iglesia, y terminar la obra que Él comenzó. Y ahora estamos nosotros, humillados y agradecidos y maravillados porque Él nos ha llamado para estar aquí. ¡Nosotros también, debemos caminar con el mismo celo! Mientras que el mundo se
está desmoronando, debemos estar “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:13-14).

El celo de Cristo nunca estuvo determinado por los vientos que soplaran. En otras palabras, nunca ocurrió que Él tuviera celo únicamente cuando el viento estaba soplando fuerte y en la dirección correcta. ¿Qué sucede con nosotros? ¿Cuándoa soplan los vientos de la prueba en contra de nosotros, disminuye nuestro celo? El celo según Dios no está determinado por las circunstancias, sino por el compromiso. Está guiado por una dedicación firme y estable a hacer lo que Dios nos ha dicho que debemos hacer. El celo de Cristo en nuestras vidas debería determinar los vientos que soplan para la Iglesia, no viceversa—la forma en que soplan los vientos no debería determinar nuestro nivel de celo por Dios.

Ninguno de nosotros sabe exactamente lo que Dios tiene reservado para su pueblo a corto plazo; pero si mantenemos el celo espiritual, si nosotros somos personas espiritualmente apasionadas, si el celo por la casa de nuestro Padre nos consume, entonces Dios nos va a escuchar. Él estará complacido con nuestro corazón. Él nos va a preparar, nos va a limpiar y va a abrir las puertas para nosotros.

Continuaremos examinando este tema en la próxima carta, pero a medida que nos acercamos a la Pascua, meditemos profundamente acerca del celo. Satanás continuamente nos envía dardos para matar nuestro celo; pero si nosotros permitimos que la misma mente de Cristo Jesús esté en nosotros, podemos avanzar sin fluctuar jamás. Piensen y estudien acerca de esto y en dos semanas ahondaremos más en este tema.

Sinceramente, al servicio de Cristo y de parte del equipo interino de gobierno y la junta de directores,

Clyde Kilough

Clyde Kilough

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